Este texto de nuestra colaboradora, publicado el 23 de octubre de 2017 en Cienciario, conlleva una reflexión que bien puede contextualizarse en el recién celebrado Día Mundial de la Cultura Científica.

 

Margarita Blanco

Hace un año que Mafalda llegó a la casa; era una gatita que cabía en una caja de zapatos. Lancé una convocatoria en Facebook para ver qué nombre le poníamos. No faltaron las sugerencias, entre ellas Nube y Tormenta, dado su color gris oxford y sus ojos entre verdes y amarillos. Finalmente prevaleció el criterio de mi hijo, se llamaría como el personaje de Quino, lo cual nos pareció muy atinado.

Mafalda demostró pronto su inteligencia: aprendió inmediatamente a usar su arenero y a conocer el horario de regreso de mi hijo de la escuela, a quien espera todos los días en la entrada, era cariñosa y le gustaba sentarse sobre las piernas de los humanos.

Pero el encanto duró poco, creció rápidamente hasta convertirse en una gatota y las caricias dejaron de interesarle. La necesidad de esterilizarla era inminente, pero alguien me advirtió que eso le ocasionaría cáncer, que era mejor dejarla tener una camada. Así que la gata siguió creciendo y también las consecuencias de esa decisión. En vez de consultar a un experto, me dejé llevar por estas recomendaciones.

Ya en pleno celo, Mafalda hizo una fiesta de gatos en el patio, con el consecuente escándalo y concierto de maullidos que no nos permitió dormir y seguramente tampoco a los vecinos. Como era de esperarse, pronto comenzó a engordar y a dormir más siestas que de costumbre, estaba embarazada.

La noche que parió fue también de desvelo, pues eligió uno de nuestros lugares de descanso para hacerlo, así que hubo que limpiar a conciencia. Poco a poco fue dando a luz a un gatito tras otro hasta completar cinco. Cuando ya habíamos conciliado el sueño se escucharon los maullidos de Mafalda desesperada, era un gato que se había metido a la casa por una de las rendijas de la ventana para matar a los gatitos que le significaban competencia. Ella defendió a sus vástagos y el gato huyó ante nuestra presencia.

Los gatitos comenzaron a alimentarse, pero uno de ellos permanecía rezagado, así que había que acercarlo a la madre pues existía el riesgo que muriera, quién diría que un mes este pequeño gato de sexo indefinido se convertiría en el más travieso de sus hermanos.

Fue entonces cuando me preocupé. Seis gatos en la casa, a los que hay que alimentar, vacunar y demás. Por las noches soñaba que pequeños gatos grises invadían la colonia.

Hice una campaña en Facebook que resultó un fracaso. Al parecer hay una sobreoferta de cachorros en ese medio. Lo peor vino cuando me enamoré de sus pequeñas caritas y de sus graciosos movimientos, de su pelaje suavecito. Estaba perdida.

Afortunadamente funcionó un anuncio en la puerta de la casa. Cuatro niños, acompañados de sus mamás, tocaron la puerta y decidieron llevarse un gatito con la promesa de que lo cuidarían. Decidimos quedarnos con uno de ellos.

Cuando llevé a Mafalda al veterinario a operar éste sonrió condescendientemente y me explicó que, si se les esteriliza siendo jóvenes, las gatas no sufren de cáncer. Si hubiésemos consultado a un experto, nos habríamos ahorrado toda la experiencia.

Y, me pregunto, cuántas veces hemos traicionado a la ciencia, en cuántas decisiones de nuestra vida cotidiana ignoramos la opinión de los científicos que podrían ayudarnos a dar solución de diversos problemas cotidianos.

Y creo que, al menos yo lo hago constantemente…

Cuando cruzo una avenida sin usar el puente peatonal.

Cuando postergo mi visita al médico y al dentista.

Cuando me alimento de gorditas y tacos.

Cuando no tomo suficiente agua.

Cuando decido quedarme en casa en vez de salir a caminar.

Cuando dejo de leer noticias sobre ciencia todos los días.

Porque no he llevado a Gideon, el hijo de Mafalda, a esterilizar, así que posiblemente pronto nuevamente me llenaré de encantadores gatitos grises maullando por toda la colonia.


Margarita Blanco estudió la Licenciatura en Filosofía en la Universidad Michoacana y la Maestría en Comunicación en la Universidad Iberoamericana. Ha sido reportera en los diarios Cambio de Michoacán y Siglo 21 de Guadalajara, en el Sistema Michoacano de Radio y Televisión, en la Agencia de Noticias Investigación y Desarrollo y fue parte del equipo de comunicación del Consejo Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación de Michoacán. Es colaboradora fundadora de Cienciario.