El texto que presentamos, publicado en agosto de 2019 por nuestro colaborador en Cienciario, aborda cuestionantes que a la fecha nos parecen vigentes y sin considerarse. Virus y edición genética no son temas nuevos, ahora menos en tiempos de pandemia. Las respuestas adecuadas siguen pendientes…


Horacio Cano Camacho


El título de este artículo fue tomado del libro más reciente de Yuval Noah Harari, historiador y divulgador israelí “21 lecciones para el siglo XXI. Harari saltó a la fama en el 2015 cuando publicó el fenómeno editorial “Sapiens, de animales a dioses”, un libro que ha vendido más de 15 millones de ejemplares en todo el mundo. Sapiens destacó por su viaje al pasado para repasar nuestros orígenes con gran rigor académico, pero con un estilo divertido, incluso irreverente.

Pero Harari no se quedó atado al pasado y publicó otro éxito de librería y crítica. Su siguiente obra se aventuró al futuro: “Homo Deus, una breve historia del mañana” en dónde con gran audacia analiza el futuro a largo plazo. Un futuro dominado por la tecnología. En su libro más reciente aborda la “historia del presente”.

En uno de sus capítulos, del que yo tomé el título, dedicado a la ciencia ficción, Harari aborda el temor de la sociedad actual hacia la tecnología, fundado en la idea de que la tecnología pueda ser usada para manipular y controlar a los seres humanos “…preocupándose en demasía por una guerra potencial entre robots y humanos, cuando en realidad lo que hay que temer es un conflicto entre una pequeña élite de superhumanos empoderada por algoritmos y una enorme subclase de Homo sapiens desempoderados”.

Este tema ya había sido tocado desde Homo Deus. La idea manejada por él es que la tecnología podría dotar a un pequeño sector de la sociedad de capacidades y condiciones que los diferenciaran del resto de la población y les dieran más poder. Por ejemplo, mediante la biotecnología mejorar sus capacidades físicas, su resistencia a las enfermedades, o dotarlo de características fisiológicas o genéticas bajo pedido. Esto puede parecer una exageración de Harari, sin embargo, tal parece que …el futuro no es lo que vemos en las películas.

Hace unos día se publicó en la prensa internacional que un grupo de científicos chinos aseguran haber creado los primeros bebés modificados genéticamente. Desde luego, tal noticia representa un escandalo por sus implicaciones éticas y también científicas. De inmediato la Universidad donde laboran estos investigadores se aprestó a desmentir estas afirmaciones, luego las propias autoridades científicas de China afirmaron que ellos nunca recibieron una solicitud para tales experimentos, además de que el trabajo no se encuentra publicado en ninguna revista científica como correspondería a cualquier trabajo serio. 

Sin embargo, la mesa está servida para la discusión y el debate. ¿De qué se trata el experimento y por qué resulta tan controvertido? Muchas enfermedades que nos aquejan tienen un sustrato genético. Es decir, su causa se encuentra en nuestros genes. Mutaciones que dañaron una secuencia y dañaron su función, o crearon daños en su expresión. Otras enfermedades, en particular las producidas por virus que se insertan en nuestro propio ADN, como el virus del SIDA, también pueden alterar el funcionamiento normal de genes o por si mismos matar a las células invadidas.

Hasta ahora no existe manera de curar estos defectos. La vía sería “corregir” la secuencia dañada o bloquearla a voluntad. Pero no existía alguna técnica para hacerlo. En los años 90 del siglo pasado se intentó experimentalmente el uso de virus para insertar en el genoma la secuencia correcta que restaurara una función perdida o supliera una carencia. Sin embargo, no se pasó de la experimentación ya que el proceso era sumamente azaroso, inespecífico e implicaba el uso de virus modificados. Esta suerte de “terapia genética” no ha avanzado significativamente.

La cosa cambió en 2012 cuando dos científicas (Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna) publicaron un artículo en el que usaron una maquinaria natural presente en las bacterias como mecanismo de defensa contra el ataque de virus y conocido desde 1987 para cortar cadenas de ADN y reemplazarlo por otras. La idea fue “programar” secuencias específicas del otro ácido nucleico participante en el control genético (ARN) para remover o cortar regiones específicas y en su lugar “meter” una a voluntad.

La técnica, conocida como CRISPR/Cas9 (algo así como “repeticiones palindrómicas cortas agrupadas y regularmente interespaciadas”), pronto mostró su potencial para lograr lo que la terapia genética había intentado sin éxito: localizar una secuencia dañada o que fuera necesario remover y eliminarla específicamente, como una tijera “inteligente” y precisa y luego incorpora otra secuencia en su lugar, es decir, editar el genoma. No es el propósito de este artículo discutir o explicar la técnica, pero basta decir que es uno de los descubrimientos más prometedores en la biología moderna.

De manera que los chinos dicen que usaron esta técnica para modificar embriones a los que se les trató con CRISPR para inactivar un gen vinculado en la entrada del virus del SIDA a las células que infecta. Luego, los embriones fueron implantados en la madre mediante reproducción asistida y se desarrollaron dos niñas, a decir de los supuestos responsables, que nacieron bien y libres de la posibilidad de enfermarse de sida.

CRISPR es efectivamente una tecnología muy esperanzadora en la lucha contra las enfermedades genéticas, sin embargo, su uso práctico está aun lejano (¿o estaba?) por que la edición genética es experimental, no está probado que sea segura y a o largo de los años se han identificado en las pruebas de laboratorio, mutaciones inespecíficas, que podrían inducir incluso cáncer. Estamos apenas comenzando en este campo y es probable que las dudas puedan ser positivamente satisfechas y los obstáculos técnicos superados pero en este momento, de ser cierto, el experimento chino puede ser una completa irresponsabilidad, cuyas consecuencias es difícil medir.

La parte deseable del CRISPR es que nos dota de un mecanismo para modificar el genoma, restaurando funciones perdidas y en medicina es una muy buena perspectiva. Pero nos pone delante de un gran conflicto ético y socioeconómico. Claramente se trata de una violación a las reglas de conducta ética que se ha ido generando en los grupos de investigación: no hacer experimentos en embriones viables, no probarse en humanos hasta no estar seguros de sus consecuencias y consultar a los grupos de ética antes de emprender cualquier aventura. En este caso estaríamos ante un verdadero escandalo.

La cuestión es que el CRISPR ha demostrado que se puede usar no solo en células embrionarias, sino también en células somáticas lo que abre la posibilidad de cambiar genes en cualquier persona. De hecho, ya se han publicado modificaciones de esta y hay ya otras técnicas, incluso más precisas. Positivamente, podríamos curar muchas enfermedades, pero hablando de aspectos negativos, estaríamos en posibilidad de alterar “a pedido” otras cualidades genéticas.

Los experimentos citado por los chinos afirman que han “tratado” a varias parejas en dónde el padre es portador del VIH (virus del sida) y es probable que ya existan en camino más niños modificados genéticamente.

¿Quién tiene acceso a esta tecnología aun en experimentación?¿quién nos dice que la tentación de modificar otras características no exista junto al poder económico? La ausencia de regulación abre caminos insospechados y el hecho de hacerlo en secreto –de creerles a las autoridades chinas- es un más preocupante, estaríamos en la antesala de la condición señalada por Harari.

Creo que urge que emprendamos una discusión seria e informada en torno a la edición genética, la actual y las que ya están surgiendo y prometen ser aun más poderosas, antes de que el futuro nos alcance…


Originario de un pueblo del Bajío michoacano, toda mi formación profesional, desde la primaria hasta el doctorado la he realizado gracias a la educación pública. No hice kínder, por que en mi pueblo no existía. Ahora soy Profesor-Investigador de la Universidad Michoacana desde hace mucho, en el área de biotecnología y biología molecular…

Además de esa labor, por la que me pagan, me interesa mucho la divulgación de la ciencia o como algunos le dicen, la comunicación pública de la ciencia. Soy el jefe del Departamento de Comunicación de la Ciencia en la misma universidad y editor de la revista Saber Más y dedico buena parte de mi tiempo a ese esfuerzo.