“Ahora sabemos que la lectura, en particular la de ficción, estimula diversas áreas del cerebro, especialmente las llamadas “neuronas espejo” en la zona motora de la corteza cerebral, involucradas en reproducir o imitar acciones de otros individuos. Las neuronas espejo nos entrenan…”

 

Horacio Cano Camacho

Días atrás, alguien me peguntó, a propósito de una columna sobre novela negra que escribimos con un amigo, si estamos leyendo permanentemente para reseñar. La respuesta es sí, sin embargo, no es este género lo único que nos gusta, en realidad, es uno más a los que le dedicamos tiempo. El asunto es que tal pregunta me llevó a reflexionar porqué dedicamos tanto tiempo y esfuerzo a leer algo que sabemos falso. Dicho de otro modo, estamos conscientes de que lo leído, de cualquier género de la ficción, es algo inventado.

No es una pregunta trivial. Mi amigo me mandó un artículo de un diario que da cuenta de esta misma cuestión ¿por qué leemos ficción? ¿tiene algún papel en nuestro desarrollo dedicar tanto tiempo a inventar o escuchar historias? ¿por qué lo que explicamos en forma de historias tienen un impacto tan profundo en el auditorio? Yo tengo un tiempo interesado en este asunto, incluso forma parte del diplomado en comunicación de la ciencia que ofrecemos en la Universidad Michoacana, así que quiero platicarles brevemente del caso.

La narrativa de ficción involucra las emociones, no son “análisis” objetivos de la realidad. El efecto varía con el texto elegido y determinan en gran medida que tipo de lectura elegimos. La cuestión es que hay varios estudios que demuestran que tendemos a elegir géneros o textos que transforman o refuerzan nuestras emociones. Yo suelo decir, un poco en broma, que me gusta la novela negra porque allí los buenos si ganan, es decir, este género me permite reflexionar en mi propio entorno y mirarme dentro de él. Y esto pasa con otros géneros de ficción. De alguna manera, nuestro cerebro analiza la situación y se “mira” dentro de la trama, valorando cuál sería su actuación ante un hecho similar. Y luego, las emociones despertadas luego de la lectura perduran en nuestro cerebro. Es decir, de alguna manera aprendemos a través de otras experiencias.

Sabemos que las neuronas, estructuras celulares que constituyen en núcleo del cerebro, responden a los estímulos estableciendo comunicación química y eléctrica con otras neuronas. En esto consiste el aprendizaje o la memoria, inducir la formación de estas conexiones. Lo interesante y que ya se ha demostrado, es que esta respuesta se puede reproducir “simulando” el estímulo. Las neuronas pueden, de esta manera, ser “entrenadas” para responder a estímulos que aún no reciben…

Ahora sabemos que la lectura, en particular la de ficción, estimula diversas áreas del cerebro, especialmente las llamadas “neuronas espejo” en la zona motora de la corteza cerebral, involucradas en reproducir o imitar acciones de otros individuos. Las neuronas espejo nos entrenan…

La lectura nos permite simular en el cerebro universos nuevos y nos capacita para responder a estímulos y tomar decisiones como si se hubiera tenido la experiencia. Nos hace “imitar” acciones, sucesos, movimientos, como si fuéramos nosotros quienes los llevamos a cabo. Nos permite probarnos en otros ambientes y “ser” otros, al menos durante algunos instantes.

Desde luego, lo más interesante es que nuestro cerebro está consciente de que es ficticio lo que leemos, pero de alguna manera lo trata, por ese instante en que leemos emocionados, como si fuese real.

La literatura de ficción, a diferencia de otros medios no es icónica: En una pantalla todo el tiempo vemos a los otros. Una imagen creada por alguien sobre los otros. En la literatura miles de signos muy complejos crean las imágenes, primero nos llevan a identificarnos con los personajes y situaciones y luego nos lleva a representarlos de manera visual.

Umberto Eco, el semiólogo, filósofo y escritor italiano decía que “un texto es una maquina floja que sólo se anima gracias a la actividad del lector”. Nuestro cerebro fija patrones (recuerdos) para luego contrastarlos obsesivamente con cada nueva situación. Y al parecer ese es el papel de la literatura de ficción: servir como una especie de entrenador personal. Leer cuentos y novelas, es decir, ficción, no nos hace mejores personas, pero pienso que quien no lee cuentos y novelas tienen menos posibilidades de comprender el mundo, de comprender a los demás y de comprenderse a si mismo, puesto que su experiencia es muy limitada unicamente por sus vivencias, que, aceptemoslo, suelen ser muy limitadas.

La literatura de ficción actua como una “simulación” sobre la actuación de nosotros mismos o nuestro colectivo, en una situación real. Hay evidencias de que la persona que lee, mejora la comprensión de los demás. Pero al mismo tiempo, permite al lector cambiar, al forzarnos a vernos en situaciones (simulaciones) de donde hacemos inferencias sobre cuestiones que dificilmente encontraríamos en la vida cotidiana, aumentando, de esta manera, el conocimiento, es decir, entrenándonos…

Es un tema interesante y es importante respoderlo ¿porqué le dedicamos tanto tiempo a algo que sabemos “falso”? La ficción se creó desde los inicios de la humanidad y acompañó nuestro desarrollo social. Es posible, incluso, que las pinturas rupestres acompañaran narraciones que alguien hacia sobre el acontecer cotidiano, aderezandolo con ficción y de esta manera el grupo fuera experimentando las vivencias de otros en su propia mente, aunque ellos no hubieran participado. De alguna manera estas eran lecciones de vida de una narrador hacia los otros, los que escuchaban y se iban probando en la experiencia ajena. Jorge Volpi dice que “por presuntuoso que suene, quien ha combatido a docenas de mamuts de fantasía tienen más posibilidades de sobrevivir a la embestida de uno auténtico”.

Diversas investigaciones sobre este tema indican que la literatura de ficción o sus equivalentes (cine, teatro, y otras representaciones), tienen la función evolutiva de desarrollar en el cerebro la capacidad de construir futuros, de entrenaros para “vernos” en escenarios nuevos y probarnos allí.

¿Cómo podemos construir un futuro si ni siquiera somos capaces de imaginarlo? Piense sobre ello…


Originario de un pueblo del Bajío michoacano, toda mi formación profesional, desde la primaria hasta el doctorado la he realizado gracias a la educación pública. No hice kínder, por que en mi pueblo no existía. Ahora soy Profesor-Investigador de la Universidad Michoacana desde hace mucho, en el área de biotecnología y biología molecular… Además de esa labor, por la que me pagan, me interesa mucho la divulgación de la ciencia o como algunos le dicen, la comunicación pública de la ciencia. Soy el jefe del Departamento de Comunicación de la Ciencia en la misma universidad y editor de la revista Saber Más y dedico buena parte de mi tiempo a ese esfuerzo.