A lo largo del verano, particularmente durante las últimas semanas, en varias regiones del mundo han ocurrido sequías extremas, en muchos casos sin precedentes

 

Leonor Solís

Cada año vivimos situaciones climáticas más extremas, ya sean sequías más intensas o lluvias e inundaciones. Un ejemplo de ello es lo que ha ocurrido en el transcurso de las últimas semanas en distintos rincones del planeta, en las que casos extremos de sequías e inundaciones están conectadas por el fenómeno del cambio climático.

A nivel nacional recordamos lo que ocurrió este año en Nuevo León, Monterrey, con una escasez de agua sin precedentes, pero también en la frontera norte donde por primera vez en cuatro décadas algunos tramos del río Bravo se quedaron sin agua.

Desde el ámbito internacional igualmente se han desecado ríos en distintos puntos de Europa: España que ha restringido el consumo de agua; Francia, cuyo gobierno declaró que su país se enfrenta a la peor sequía registrada en la historia y, Alemania, donde la sequía ha dejado al descubierto una siniestra advertencia de nuestros antepasados: las piedras del hambre.

Las piedras del hambre, son rocas ubicadas en el lecho de los ríos que sólo son visibles cuando los niveles del agua son extremadamente bajos. En ellas se encuentran esculpidos mensajes sobre catástrofes que han sido desencadenadas por la falta de agua, recordatorios que anuncian las dificultades que se viven tras las sequías. “Si ves esta piedra llorarás”; “el que una vez me vio, lloró. El que me vea ahora llorará”, dicen piedras de ríos alemanes datadas del 1417. Una más dice “la vida volverá a florecer una vez que esta piedra desaparezca”. Las sequías de siglos anteriores no favorecían el éxito de los cultivos, pero tampoco permitían el transporte de alimentos y otro tipo de suministros, tras ello llegaban las hambrunas. Muchos países de Europa Central: Alemania, República Checa, Eslovaquia, Austria y Hungría dependían de la tierra fértil en las márgenes de los ríos. 

Esto se ha extendido hasta China, que durante la última semana de agosto emitió su primera alerta nacional de sequía del año, después de que regiones clave como Shanghái y Sichuan experimentaran semanas de temperaturas extremas. La ola de calor en el país asiático ya dura dos meses y es la más larga desde que hay registros, de acuerdo a su Centro Nacional del Clima.

La situación no solo dificulta la dinamización de la economía china, sino que también aumenta la presión sobre la economía global, afectada por la sequía y altas temperaturas en varios continentes, los disparados precios de la energía y el aumento del costo de vida tras la pandemia y los efectos de la guerra en Ucrania.

El problema es que las sequías prolongadas a su vez pueden convertirse en algo peligroso porque provocan un efecto de “hidrofobicidad”, la típica imagen de una sequía es la de suelos agrietados, el regreso de las precipitaciones incrementa las posibilidades de inundaciones. Cuando el suelo queda así, lo que ocurre es que se impermeabiliza, queda tan seco, que el efecto de las lluvias se compara a verter agua a gran velocidad sobre cemento.

Esto en parte es provocado por la falta de vegetación, ya que árboles y arbustos cuando hay tormentas, se encargan de descomponer las gotas grandes en gotas más pequeñas que pueden ser absorbidas por el suelo. En cambio, si caen gotas de lluvia grandes, sobre tierra seca, el suelo absorbe mucha menos agua, esto en lugares altos y empinados, montañosos, provoca un riesgo particularmente alto, provocando lo que en algunos sitios se conoce como una riada o avenida de agua, también conocida como la crecida de un río, donde el aumento del curso del agua aumenta significativamente lo mismo que su velocidad. Es allí donde las sequías y las inundaciones se relacionan.

En épocas de lluvias, en lugar de que el suelo y la vegetación absorban el agua y recarguen los mantos acuíferos, la impermeabilidad causada por la sequía provoca grandes riadas e inundaciones, de manera que se conjuntan dos desastres naturales.

Lo que está ocurriendo es que lo que vienen anunciando los modelos sobre el cambio climático desde hace años, cuyos efectos devastadores están ya en nuestras narices.


Imagen: Pixabay


Mi pasión personal y profesional es la comunicación ambiental, en específico la comunicación audiovisual ambiental. Trabajo realizando esa labor en el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad de la UNAM. Soy miembro de la mesa directiva de la Asociación Internacional de Comunicación Ambiental y miembro fundador de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia. Me gustan muchas cosas muy disímiles, pero más me gusta la idea de compartir, compartir curiosidad, aficiones, gustos. Compartir y construir juntos. Por eso me dedico a compartir lo que me encanta y me parece importante. Encontrar otros que comparten lo mismo, hacen y no se dan por vencidos, es el regalo.  Espero nos encontremos en este camino.