“Hace unos días alguien me dijo que, con explicaciones como esta, yo le quitaba todo el romanticismo a una relación. Yo no lo creo, incluso le veo un sentido muy poético. Y entenderlo un poco me parece que incluso nos hace menos presa de ´nuestros instintos´ y nos permite comprender el actuar de los otros”.

 

Horacio Cano Camacho

Los seres vivos (y no, la humanidad no somos una excepción), somos un sofisticado sistema químico. Todo nuestro funcionamiento y nuestra naturaleza depende de reacciones químicas. De hecho, una definición de vida es un sistema químico autosostenible capaz de evolución darwiniana.

Y todo este entramado de reacciones está determinado por los genes, es decir, un sistema químico, de manera que a esa definición le podemos agregar que la vida es la conjunción de información y energía, y aquí ya agregamos la parte física.

Podemos aceptar que una bacteria o un gusano se muevan respondiendo a reacciones químicas, pero ¿nosotros? Hay mucha gente a la que esta, nuestra naturaleza, le incomoda, tal vez por su formación religiosa y la idea de que obedecemos a la voluntad de algún tipo de creador. O sin ser religiosos, podemos pensar que un grupo de reacciones químicas no pueden explicar cosas tan complejas y aparentemente tan intangibles como el amor, la solidaridad, el odio, o el egoísmo…

Pero así es, lo que sucede es que nosotros interpretamos el resultado, y no el origen y la naturaleza de tales “sentimientos”. Brevemente diremos que el cerebro, centro de control de todo lo que hacemos, sentimos, procesamos, funciona a base de comunicación química. Es decir, el cerebro es el Sistema Nervioso Central (más la médula espinal) que reúne la información que le llega a través de los sentidos especiales y los nervios periféricos, la analiza y emite órdenes a los sistemas ejecutores para generar respuestas y estas pueden ser cognitivas, motoras y emocionales.

Este procesamiento de información está mediada por una red de compuestos químicos llamados neurotransmisores y neuromoduladores, que además de actuar sobre el propio sistema nervioso central, lo hacen también sobre los diferentes sistemas que nos componen.

De estas sustancias se conocen bien unas 10, aunque se acepta que seguramente hay más que aún no hemos identificado. Podemos nombrar la acetilcolina, los gaba aminoácidos, los derivados de la glicina, del glutamato, las aminas como la dopamina y la histamina, la noradrenalina, la serotonina, los neuropéptidos opioides y taquicinas. Todos estos tienen receptores específicos en las propias neuronas y en otras células (proteínas que identifican su presencia y la transforman en señales internas a las que las células responden). Las funciones de estas señales van desde excitar o inhibir respuestas, inducen la vigilia, la consciencia, la consolidación de la memoria, tienen un efecto analgésico, la sensación de satisfacción, el placer, son reguladores de la ansiedad o la depresión.

Estas sustancias están ligadas a la liberación, síntesis o represión de otras sustancias que “siguen sus órdenes” (a veces llamados neurotransmisores grandes), y actúan en el resto del cuerpo modificando la captación de agua, la liberación de calcio, el metabolismo de la glucosa, o cambiando la luz de los vasos sanguíneos, la liberación de ácidos y enzimas en el estómago, entre otros efectos. Estas sustancias actúan como hormonas induciendo la respuesta o modulándola, tales como la vasopresina, la oxitocina, la adrenalina.

Las neuronas también se comunican mediante señales eléctricas, básicamente cambios en la polaridad de las membranas celulares, y estás a su vez desencadenan respuestas químicas, como la liberación o captura de iones, la activación de mensajeros celulares y desde luego, la activación o inactivación de genes específicos.

Pero entre estas respuestas “sencillas” y los sentimientos complejos hay una distancia abismal, ¿o no? La dopamina es un neurotransmisor involucrado en nuestro comportamiento (amor, odio, empatía, felicidad). De ella depende que sintamos deseo, que busquemos nuevos estímulos, que nos afanemos en una acción. A través de sus señales, la vasopresina, por ejemplo, nos hace sentir empatía por los otros, refuerza el apego, los cuidados parentales y la oxitocina nos enamora o… desenamora.

La dopamina induce, por ejemplo, la liberación de adrenalina y de esta manera prepara a nuestro organismo para responder a una situación estresante (huir de un peligro, enfrentar a un agresor, resolver un examen “difícil”), o también determina que sintamos placer de una situación particular. Se induce la liberación de ácidos y enzimas proteasas y la motilidad en el sistema gastrointestinal, por ello sentimos “mariposas” en el estómago ante la amada o el amado. Por el contrario, la panza se infla y sentimos que el intestino se mueve hasta casi vaciarse. Nuestro cuerpo está respondiendo a la señal de acercarse o huir y para ello requiere energía. También induce un incremento en la frecuencia y el gasto cardíaco, la presión arterial, redistribución de la circulación y flujo de sangre lejos de la piel (y sentimos un frío momentáneo y localizado), y la lleva al músculo esquelético para que entremos en acción…

Como todo esto requiere energía, modifica la circulación de glucosa y el metabolismo de esta. Desde luego y según la circunstancia, induce cambios fisiológicos en los genitales… Todo esto se acompaña de una respuesta de compensación (química) que nos inunda de placer o, por el contrario, nos alerta (miedo, llanto, pedido de auxilio, inmovilidad, como respuestas de sobrevivencia).

Hace unos días alguien me dijo que, con explicaciones como esta, yo le quitaba todo el romanticismo a una relación. Yo no lo creo, incluso le veo un sentido muy poético. Y entenderlo un poco me parece que incluso nos hace menos presa de “nuestros instintos” y nos permite comprender el actuar de los otros. ¿Por qué se afanan en correr 42 km? ¿por qué se vuelven irracionales ante un juego de azar o se cuelgan de un lazo a 200 metros? ¿por qué se autodestruyen consumiendo sustancias estimulantes o haciendo perradas?

Y entenderlo aún más nos posibilitaría comprender y atender la depresión, las adicciones, la angustia y el estrés, la ira, el fundamentalismo religioso e ideológico, la falta de solidaridad y el abuso. Después de todo, somos sistemas químicos susceptibles de ser entendidos a cabalidad si sacamos de la ecuación las concepciones morales, las creencias religiosas y los designios mágicos…


Ilustración: Pixabay


Originario de un pueblo del Bajío michoacano, toda mi formación profesional, desde la primaria hasta el doctorado la he realizado gracias a la educación pública. No hice kínder, por que en mi pueblo no existía. Ahora soy Profesor-Investigador de la Universidad Michoacana desde hace mucho, en el área de biotecnología y biología molecular… Además de esa labor, por la que me pagan, me interesa mucho la divulgación de la ciencia o como algunos le dicen, la comunicación pública de la ciencia. Soy el jefe del Departamento de Comunicación de la Ciencia en la misma universidad y editor de la revista Saber Más y dedico buena parte de mi tiempo a ese esfuerzo.