“El anetol, los polifenoles y el ácido shikimico, precursor de los dos primeros, tienen propiedades interesantes, además de generar el fantástico aroma del anís, son antioxidantes y como les mencionaba, hay muchos reportes de propiedades antimicrobianas, antifúngicas y antivirales.”

 

Horacio Cano Camacho

Hace unos días me sentía muy mal de salud, parecía que me había pasado una aplanadora por encima y tenía frío. Se me ocurrió prepararme una infusión, intentando a la desesperada mejorar mi condición. Y bueno, qué tal una taza de vino especiado caliente. Bajé a la cocina y fui ordenando los ingredientes: una rajita de canela, limón y naranja en rodajas finas, tres clavos de olor, dos vainas de cardamomo, una pisquita de nuez moscada, una cucharita de azúcar y claro, el vino. Sacando las cosas de la alacena me encontré un frasquito con anís estrellado y pensé en agregarle un par de “estrellitas”. Hay varios reportes serios de que el anís tiene propiedades antivirales, entonces por sí las moscas…

Antes de agregarlas pensé que en realidad no mejoraría con ese mejunje sino hasta que pasara el ciclo del virus y mi cuerpo se defendiera, pero estaba de antojo, lo cual en sí ya era una buena señal, pero el anís me exigió unos minutos más de reflexión. Esta planta es un claro ejemplo de lo contradictorio que es el mundo de los remedios y de los propios ingredientes “naturales” que usamos cotidianamente.

No confundamos con el anís verde (Pimpinella anisum) con el que hacemos gelatinas y preparamos galletas. Yo me refiero al anís estrellado o anís chino, una especie diferente. Aunque ambas plantas son asiáticas y contienen anetol, un fenilpropanoide muy aromático y “dulce” encontrado en ambos tipos de planta (así como en el hinojo, Foeniculum vulgare), el anís estrellado contiene otros polifenoles y grandes cantidades de ácido shikimico. Este último forma parte del oseltamivir, un fármaco muy usado contra la influenza con excelentes resultados.

El anís estrellado se utiliza mucho como carminativo (favorece la eliminación de gases en el intestino) y contra los cólicos en China, España y casi toda Latinoamérica, sobre todo en niños, además como aromatizante en muchos productos de la cocina. El asunto es que hay dos especies muy parecidas, casi indistinguibles, el chino (Illicium verum) y el japonés (Illicium anisatum). Solo un experto y con técnicas de análisis químico sofisticadas puede diferenciar las dos especies, ya que ambas tienen de 6 u 8 puntas o carpelos, un intenso color marrón rojizo-dorado y un fuerte aroma de anís y todo esto es un problema, ya que el segundo es muy tóxico, incluso puede provocar la muerte.

Aunque el anís japonés no se vende por su toxicidad, en varios países se ha encontrado que varios lotes de anís chino están contaminados con su trágico pariente. No encontré evidencia de que este tipo de estudios se hayan realizado en México.

La variante japonesa contiene altas concentraciones de anisatina, un compuesto extremadamente tóxico, usado como insecticida, también contiene estragol y veranisatinas, unos sesquiterpenos también muy peligrosos. Y ojo, aunque la variante japonesa contiene una mayor concentración de estos compuestos, el anís chino puede tenerlos presentes, aún en concentraciones bajas. Estos compuestos tienen efectos probados como neurotóxicos, provocan crisis convulsivas, hay reportes de que son hepatotóxicos, provocan hipocalcemia e inducen alteraciones gastrointestinales graves, incluso la muerte.

El anetol, los polifenoles y el ácido shikimico, precursor de los dos primeros, tienen propiedades interesantes, además de generar el fantástico aroma del anís, son antioxidantes y como les mencionaba, hay muchos reportes de propiedades antimicrobianas, antifúngicas y antivirales. Sin embargo, existe una falsa percepción de seguridad y de ausencia de efectos secundarios en su uso (fenómeno común en todos los productos “naturales”), provocando que muchas personas pasen por alto o no reconozcan algunos síntomas leves de intoxicación. Esta impresión de inocuidad hace que sea muy difícil identificarlas en los centros hospitalarios o por los médicos ya que la gente no reporta el “remedio natural” a la hora de que le preguntan que medicamentos ha tomado o le dio al niño.

¿Estoy entonces recomendando la eliminación total del anís estrellado? Es complejo, pero una cosa es segura, no se lo dé a los niños, en especial a los menores de tres años, ni a personas embarazadas, llévelos al médico.

Puede usarlo para aromatizar, pero debe respetar los principios de la infusión. No rebase nunca la cantidad de dos estrellas para su bebida, esto es fundamental, pues si hay compuestos tóxicos, usted aumentará la concentración a niveles muy peligrosos. El agua o líquido para la extracción nunca debe hervir en presencia del anís. Lleve a 90 grados el agua o el líquido y cuando inicié el hervor (se forman microburbujas y la olla deja sentir que inicia el proceso de ebullición), apagué el fuego y agregue solo dos estrellas de anís (la cantidad máxima recomendada es de una estrella por cada 300 mililitros de líquido, no más), deje reposar tres minutos máximo y retírelas de la infusión. Ese procedimiento libera el anetol que es el responsable de lo que nos interesa: el aroma.

No confié en las tiendas “naturistas” claramente chafas y de venta a granel no certificada, en cualquier puesto. Prefiera el que viene envasado y con indicaciones de contenido, composición y advertencias de uso. Hay que decir que la mayoría de los envenenamientos se producen por contaminación con el anís estrellado japonés, pero la dificultad para distinguirlos debe acentuar las precauciones. Si comienza a sentir síntomas neurológicos o digestivos de origen desconocido, pero bebió alguna bebida anisada, debe reportárselo al médico, aunque los regañe…

En todo esto pensé y me di cuenta de que mi sistema inmune está débil por la infección y tal vez sea más sensible a una intoxicación o mi dotación de anís estrellado venga contaminado… Mejor me tomé mi vinito caliente sin este ingrediente, no sané por él, pero ya estoy en circulación. Salud.


Originario de un pueblo del Bajío michoacano, toda mi formación profesional, desde la primaria hasta el doctorado la he realizado gracias a la educación pública. No hice kínder, por que en mi pueblo no existía. Ahora soy Profesor-Investigador de la Universidad Michoacana desde hace mucho, en el área de biotecnología y biología molecular… Además de esa labor, por la que me pagan, me interesa mucho la divulgación de la ciencia o como algunos le dicen, la comunicación pública de la ciencia. Soy el jefe del Departamento de Comunicación de la Ciencia en la misma universidad y editor de la revista Saber Más y dedico buena parte de mi tiempo a ese esfuerzo.