Del chicle obtenido de una resina masticada desde tiempos prehispánicos en nuestro país, hasta la llamada goma de mascar, hay toda una ruta que integra compuestos y propiedades que requieren de conocimiento sobre sus riesgos y utilidades, explicados en este texto publicado en Cienciario en abril del 2018.

Rafael Salgado-Garciglia

Las plantas producen y exudan diversos compuestos, como respuesta a heridas físicas u ocasionadas por patógenos, dentro de éstos, tenemos a las gomas, a las resinas y al látex.

Cada una de estas sustancias son químicamente diferentes y se producen mediante transformaciones de los polisacáridos de la pared celular –celulosa, hemicelulosa y pectinas- en células especializadas que conforman un sistema resinífero, gomoso o laticífero. Ahora nos enfocaremos en el látex, sustancia de apariencia lechosa coloidal, es decir una mezcla no homogénea con apariencia turbia, generalmente de color blanco, aunque el color varía según la especie vegetal (amarillo, naranja y rojizo) y está compuesto mayormente por grasas, ceras y diversas resinas gomosas.

El látex es producido hasta en 12 mil 500 especies de plantas, el de algunas especies de Euphorbia es tóxico y venenoso, irritante como el de algunas especies de Ficus, o hasta dulce y comestible como el del árbol de la leche (Lacmellea edulis). La mayor parte del látex de empleo comercial se extrae de la siringa (Hevea brasiliensis) y es dedicado a la obtención de caucho.

Sin embargo, también existen otros productos derivados del látex natural como la gutapercha (material amarillo o pardo producido a partir del látex de Palaquium gutta), la balata (material duro muy similar al caucho que se obtiene principalmente del látex de Manilkara bidentata) y finalmente tenemos el chicle que se extrae del látex del chicozapote (Manilkara zapota), una planta cuyo origen es Mesoamérica –Sureste de México y Norte de Centroamérica-.

Con esta información queda por hecho de que el chicle es otro producto derivado de una planta de México para el mundo, bueno, para quienes gustan de masticar estas golosinas hechas a base del látex del chicozapote.

Una historia muy chiclosa

Desde tiempos prehispánicos, el látex extraído del chicozapote o xicotzápotl fue utilizado para la preparación del chicle (tzictli en náhuatl y sicte en maya), obtenido por los chicleros, quienes colectan el látex realizando fuertes heridas en zigzag a lo largo de los árboles, obtenido sobre una lona sujeta en la base del tronco con una producción promedia de cuatro kilogramos por árbol. Estos árboles requieren de un periodo de descanso de cinco a siete años para de nuevo ser utilizados como fuente de látex, la vida de estos árboles se estima en más de cien años.

Para obtener el chicle natural, que ya puede consumirse sin aditivos –sin endulzante, sin saborizante y sin colorante-, el látex se hierve en una gran olla llamada »paila» hasta deshidratarlo y adquiera una consistencia chiclosa para posteriormente amasarlo, estirarlo y moldearlo. ¡El chicle está listo para masticarse!

Este tipo de chicle, aunque ha sido masticado por nuestros antepasados principalmente con fines de mantener la higiene bucal, mitigación de la sed o con fines de distracción, actualmente se produce utilizando este mismo proceso y se comercializa como producto base para las gomas de mascar comerciales.

Este año se cumplen 147 años de la comercialización del chicle moderno, pero fue hasta la Segunda Guerra Mundial que el mundo lo conoció y disfrutó, circunstancias que llevaron a la dificultad de conseguir la materia prima para abastecer todo el planeta. Lo anterior promovió que la industria chiclera buscara otras alternativas como fuente para la fabricación de chicle y en la década de 1950 se inventó la goma sintética –la goma de mascar-, compuesta por polímeros derivados del petróleo, llevando a la decadencia la extracción del látex. Sin embargo, con el renacimiento de consumir productos naturales (no sintéticos), la producción de chicle se realiza en México, el que se exporta a los Estados Unidos, Corea y Japón.

Goma de mascar. | Pixabay

La goma de mascar se compone de acetato de polivinilo, de poliisobutileno, polietileno, poliestireno y otras gomas que se obtienen mediante procesos similares a los que se usan para producir plásticos –ejemplo, los neumáticos-, por eso es un error llamar chicle a este tipo de goma de mascar y el peor error es comérselo. Actualmente puede conseguirse chicle natural y orgánico, este último es endulzado con jarabe de maíz y adicionado con esencias, sabores y colores de origen vegetal o bien, goma de mascar producido con una mezcla de chicle y goma sintética.

El chicle, al igual que otros tipos de látex está compuesto de politerpenos –moléculas unidas de miles de unidades isopreno (C5H8, CH2=C(CH3)-CH=CH2), que dependiendo de las especies del árbol o la planta, estos polímeros pueden ser de diferentes grados de ramificación y tener diferentes tamaños (peso molecular). Éstos pueden mezclarse con aceites volátiles que proporcionan diferente textura y elasticidad. Al deshidratarse, se solidifica –por eso también, no hay que comérselo-.

Masticar chicle, ¿bueno para la salud?

El masticar goma de mascar en público siempre ha sido mal visto, en las escuelas no es permitido hacerlo y siempre se relaciona con la aparición de caries –aunque esto es más por el contenido de azúcares-, además por la acción de masticado pueden provocarse daños en la mandíbula, aunque en niños con problemas en su desarrollo maxilar los beneficia para poder vocalizar, hablar y respirar. A pesar de esto, su comercialización siempre se ha mantenido ya que cada año se consumen 560 mil toneladas de goma de mascar.

Pero, al parecer el masticar chicle o goma de mascar tiene beneficios sobre la salud. Se ha reportado que el hacerlo aumenta la actividad cerebral, específicamente del hipocampo, región del cerebro relacionada con la memoria y el aprendizaje; con la masticación se estimula el flujo de saliva, la que forma una barrera de minerales que protege los tejidos bucales, evita las caries y tener la boca seca, lo que lesiona las encías y los dientes por falta de lubricación y protección; es un producto útil para refrescar el aliento, al adicionarle dos compuestos como el sorbitol y el xilitol, provocan la sensación de frescura.

Actualmente podemos encontrar gomas de mascar con nicotina para los que quieren dejar de fumar, de cafeína o ginseng para los que buscan el estímulo de estas sustancias, inhibidores del apetito para los que quieren bajar de peso, con flúor para evitar las caries y no puedo dejar de mencionar los “chicles bomba” con una formulación que lo hace más elástico y menos pegajosa, que ni es chicle ni es bomba, sino una goma de mascar que hace burbujas. Hay de diversos colores, formas, sabores, algunos denominados ahora “funcionales” porque se les ha adicionado vitaminas, aminoácidos, entre otros compuestos importantes para la salud. Incluso, hay formulaciones que pretenden la fabricación de gomas de mascar biodegradables para hacerlas menos contaminantes.

Terminaré diciendo que investigadores mexicanos estudiosos de la conservación del chicozapote, señalan que la extracción selectiva del látex no afecta notablemente la diversidad de este recurso genético, si se siguen las normas que en nuestro país se han establecido para resguardar no solo la tradición chiclera sino la conservación de la especie y la selva donde ésta habita.


Profesor e Investigador de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo biotecnólogo y cultivador de plantas, pero también…de ciencia.