“Cuando pensamos en la vida extraterrestre lo hacemos en función de los ´marcianos´. Tan poderosa resulta la imagen de vida marciana, que este es el único planeta donde hemos posado naves y se han paseado vehículos diseñados para fotografiar y tomar muestras en la búsqueda de vida, pasada o presente. Pero no, Marte es un planeta desértico y frío. Y, sin embargo, nos afanamos en buscar rastros de que algún día la vida floreció allí”.

 

Horacio Cano Camacho

Marte nos fascina. Y esto es válido para casi cualquier cultura sobre la tierra, actual o ancestral. Es un planeta de la mitad del tamaño de la tierra, pero puede mirarse a simple vista sin ayuda de telescopios. La superficie contiene grandes cantidades de fierro oxidado lo que le da un aspecto rojo que lo hace enigmático. Incluso parte de la superficie “tallada” por la erosión antigua creó toda una mitología sobre civilizaciones tan poderosas que habrían construido canales inmensos, de miles de kilómetros, excavados para transportar agua…

Cuando pensamos en la vida extraterrestre lo hacemos en función de los “marcianos”. Tan poderosa resulta la imagen de vida marciana, que este es el único planeta donde hemos posado naves y se han paseado vehículos diseñados para fotografiar y tomar muestras en la búsqueda de vida, pasada o presente. Pero no, Marte es un planeta desértico y frío. Y, sin embargo, nos afanamos en buscar rastros de que algún día la vida floreció allí.

Resulta que nuestra experiencia sobre la vida se limita a lo que conocemos en nuestro planeta y a pesar de ser tan diversa, nosotros seguimos, por ese sesgo antropocéntrico, necios en pensar que al descubrir vida fuera de la tierra, esta será representada por una especie dominante, “inteligente” y …antropomórfica. Incluso los creyentes lo que imaginan y sueñan es en extraterrestres que nos visitan en naves absurdas y se parecen a nosotros, tal vez verdes o con cuellos más largos, escamas y cabeza redonda y calva (asociamos también ser calvo y tener un coco liso con ser “inteligente”).

Estoy leyendo un artículo en la revista Nature Astronomy que reporta que uno de los vehículos robóticos que andan rodando por allá (el Curiosity rover), encontró trazas de ácido fosfórico, fenol, ácido benzoico y amoniaco en muestras de suelo de las dunas del cráter Bagnold (https://www.nature.com/articles/s41550-021-01507-9).

No encontró la tumba de un astronauta, o una roca tallada que se parece a uno, ni siquiera un tozo de metal que recuerde levemente a un arma o cualquier instrumento y por supuesto, no se topó con un marciano. Pero ya en serio, esto abre de nueva cuenta la posibilidad de que en algún momento hubiera actividad biológica allí.

Hace mucho que renunciamos a buscar vida como sinónimo de nosotros. Y como no sabemos que buscar, hemos ideado una forma indirecta: tratar de localizar compuestos, objetos o patrones (huellas) “orgánicos” que solo sean posibles por la actividad biológica. A estos les llamamos biomarcadores. Para que tales indicios sean trascendentes, deben cumplir algunos requisitos como ser orgánicos, es decir, estar sustentados en la química del carbono (como la vida en la tierra) y que se demuestre que no pueden ser producidos por procesos abióticos. Resulta que el carbono es muy común en el universo, ocupa el sexto lugar en abundancia, entonces la existencia de un compuesto orgánico no demuestra, en automático, la existencia de vida. Que no se encuentren antecedentes de síntesis abiótica en nuestro planeta tampoco es concluyente. Muchos de estos compuestos se sintetizaron en algún momento, pero la NASA no lo sabía…

Los compuestos encontrados en el suelo marciano -todos ellos muy comunes en la tierra- no son exactamente biomarcadores, pero en la tierra son indicadores de actividad biológica, fundamentalmente debida al metabolismo de bacterias.

Así que no cantemos victoria. Con todo y el sesgo de que buscamos indicadores comparables a la única vida que conocemos, está búsqueda está respaldada por la idea de que los procesos de adquisición y transformación de los compuestos de carbono son una evidencia de la vida, tal y como la conocemos, sea para construir las estructuras que nos definen, como para producir la energía biológica necesaria. A todas estas reacciones químicas involucradas en las funciones biológicas les llamamos metabolismo. Así que lo que se busca en el universo son señales de la existencia de procesos metabólicos y lo hacemos buscando los productos de ese metabolismo.

Las sustancias encontradas en Marte se encuentran en trazas (cantidades muy pequeñas, apenas detectables), y en la Tierra son producto del metabolismo, hasta que alguien no demuestre que pueden ser sintetizadas por procesos o reacciones no biológicas, por ejemplo, procesos geológicos, reacciones espontáneas en sustratos no vivos (arcillas) o incluso, ser sintetizadas en el laboratorio creando condiciones que ya no están presentes en la actualidad.

El problema es que las condiciones actuales de Marte, como las de la Tierra han cambiado en el tiempo, en el caso de nuestra tierra sumémosle el cambio operado por la existencia de la vida misma, como la presencia de oxígeno y metano en la atmósfera. En el “planeta rojo” varios procesos anteriores pudieron haber formado estos compuestos y no necesariamente venir del metabolismo, habrá que esperar. Lo que es claro cada día más es que en Marte no hay vida… y si la hubo, esta sería más parecida a la vida bacteriana.

Los biomarcadores o bioindicadores han ido cayendo uno a uno y el entusiasmo de los especialistas se torna en frustración cuando se descubre que la síntesis abiótica no solo es posible, sino que algún “oscuro” químico ya la había logrado y publicado en un artículo que las agencias espaciales no habían considerado.

Si algún día se encuentra vida fuera de la Tierra, lo más seguro es que no se parezca en nada a lo que pensamos comúnmente. En nuestro propio planeta los seres vivos más exitosos por abundancia y ambientes ocupados son las bacterias, las arqueas, los hongos, levaduras, micoplasmas y si los agregamos como partículas biológicas, las estructuras orgánicas con características vivas más abundantes aquí son los virus… y hasta el momento no sabemos de ninguna especie de microorganismo que construya naves para viajar por el universo ni fabrique antenas para mandar señales. La especie humana (y en general los homínidos) realmente somos minoritarios en todos sentidos (un grano de arena en las dunas, y además, un grano que se formó hace apenas unos segundos en la historia del planeta), por ello es probable que en otro lugar de la galaxia o el universo no tendría porque ser diferente, la evolución no es un proceso con dirección definida. Así que los marcianos aún no llegaron, ni lo hicieron bailando el chachachá.


Fotografía: AlexAntropov86 | Pixabay


Originario de un pueblo del Bajío michoacano, toda mi formación profesional, desde la primaria hasta el doctorado la he realizado gracias a la educación pública. No hice kínder, por que en mi pueblo no existía. Ahora soy Profesor-Investigador de la Universidad Michoacana desde hace mucho, en el área de biotecnología y biología molecular… Además de esa labor, por la que me pagan, me interesa mucho la divulgación de la ciencia o como algunos le dicen, la comunicación pública de la ciencia. Soy el jefe del Departamento de Comunicación de la Ciencia en la misma universidad y editor de la revista Saber Más y dedico buena parte de mi tiempo a ese esfuerzo.